Henry James / El arte de la novela: Prefacios críticos

Arte/Poética

HENRY-JAMES-PREFACIOS

Henry James • El arte de la novela: Prefacios
críticos • The Art of the Novel: Critical Prefaces (1907-1909)
Edición bilingüe, 2014
256 págs.  18,00 euros
ISBN 978-84-939741-6-9

Este libro recoge cinco de los dieciocho prefacios escritos por Henry James para la colección definitiva de sus obras, la célebre edición de Nueva York publicada entre 1907 y 1909. Los más consultados y citados de todos ellos, suponen el compendio fiel y completo de un conjunto al que unánimemente se considera su aportación suprema a la teoría de la novela. Autor de otros ensayos notables, fue en estos prefacios donde indagó con mayor consistencia y agudeza en el arte de narrar historias.

Si bien se ocupa igualmente de otros aspectos tal vez más extrínsecos, James se centra en lo que él mismo denomina su “pasión constructiva”, es decir, en la labor meticulosa y fascinante que compone cada relato. Los prefacios logran ser lo que James dijo perseguir que fuera: un vademécum para los aspirantes a novelistas y una lección magistral que enseñase a los lectores de novelas y cuentos a enjuiciar y discriminar.

LECTURA:

I. La historia de los prefacios y la leyenda del maestro

Este libro reúne cinco de los dieciocho prefacios escritos por Henry James para la célebre edición de Nueva York, la colección definitiva de sus novelas y cuentos preparada por él mismo que se publicó entre 1907 y 1909. Si hubiera que resumir en pocas palabras la historia de esta edición, habría que hablar de un inesperado y decepcionante fracaso comercial que pasaría sin pena ni gloria dentro de la fecunda trayectoria de un escritor magnífico de no ser por la importancia que cobran sus prefacios. En su momento se quedó bastante lejos de cumplir el objetivo de reavivar el interés de los lectores por sus novelas y cuentos. Las ventas siguieron a la baja y la edición misma atrajo tan pocos suscriptores que apenas se obtuvieron ingresos. Sin embargo, hace ya tiempo que nadie pone en duda que los textos que James redactó para introducir cada uno de los tomos editados constituyen su contribución más plena y enjundiosa a la teoría de la novela, la prueba que de manera más convincente justifica su prestigio de fino conocedor de la escritura narrativa. Lo que no es poco decir si se tiene presente su condición de autor prolífico de decenas de ensayos literarios; algunos de ellos considerados pioneros y capitales en la tradición del género. 

Cuando cerró finalmente el acuerdo con la editorial Scribner’s, James seguramente confiaba en acercarse al menos al éxito de ventas alcanzado por otras ediciones definitivas anteriores a la suya. Antes de él, a lo largo aproximadamente de la segunda mitad del siglo XIX escritores tan populares como Dickens, Kipling o Stevenson se habían beneficiado de lo que los historiadores suelen denominar la edad dorada de las ediciones completas o definitivas, un fenómeno cultural y mercantil que en el caso de los novelistas se había iniciado a principios del siglo. Pero, desafortunadamente para él, a principios del xx el filón parecía haberse agotado. La suya era una edición de lujo destinada a unos pocos centenares de suscriptores. Tanto James como la editorial se preocuparon de que el material fuera el mejor y no faltase detalle: el papel y la tipografía fueron de la máxima calidad, en la encuadernación se emplearon tapas de cuero y adornos dorados, y además, como era costumbre, se incluyó una fotografía del escritor y frontispicios que aludían a escenas o episodios de las novelas. Pero tanta dedicación obtuvo poca recompensa. Más de un año después de que se iniciase, cuando aún faltaban varios volúmenes por publicar, James ya sabía que la edición iba de capa caída y que las perspectivas eran desalentadoras. A finales de 1908 la editorial le había informado de que, salvo que apareciesen insospechadamente nuevos suscriptores, apenas habría ganancias. Así se lo comunicaba él a su vez en carta a su amigo, el escritor William Dean Howells, a quien de paso también le mostraba su inquietud por los aprietos financieros a los que tal nefasto desenlace le abocaría: “Acabo de tener el placer de oír por parte de los Scribners que aunque la edición comenzó a aparecer hace 13 o 14 meses, no hay, con los volúmenes ya publicados, ni un penique de beneficio que se me deba; ¡de ese beneficio que había en parte estado esperando para pagar las facturas de Año Nuevo! Me llevará a la bancarrota a menos que remonte; puesto que me ha impedido realizar cualquier otro tipo de trabajo”. 

Entre 1905 y 1909 James se volcó en preparar una edición que resultó ser más ardua de lo que había previsto. Su empeño, contrario a las intenciones de la editorial, en que se distinguiera de las publicadas hasta la fecha le obligó a retrasar otros proyectos. Además de una modificación de menor calado, la secuencia temática de las obras en lugar de la cronológica habitual, les propuso una revisión textual a fondo de las obras reeditadas y la inclusión de un prefacio distinto y extenso en cada uno de los volúmenes; dos ofrecimientos nunca antes hechos o, al menos, cumplidos. En cuanto al primero, James no quería que sucediera como en el resto de las ediciones precedentes en las que un anuncio similar quedaba reducido a “la aprobación tácita por parte del autor o de la editorial de un texto existente”. Su “idea,” tal como dejaba claro en la carta que envió a la editorial, era “revisar todo cuidadosamente, y retocar, tal como se dice, el sentido de la oración, así como la cuestión de la superficie en general, donde quiera que parezca preciso”. Que mantuvo su palabra lo prueban las modificaciones numerosas y relevantes que realizó en la novelas de su primera época, Roderick Hudson, El americano y Retrato de una dama, es decir, en aquellas en las que la inexperiencia le llevó, según confiesa, a cometer más errores.

Los prefacios, por su parte, serían un diálogo sincero con los lectores que saciara la curiosidad de estos acerca de aspectos oscuros o desconocidos de sus obras. O así, desde luego, lo manifestaba en la susodicha carta a Howells: “En último lugar deseo agregar a cada libro, tanto si consisten en una sola narración como en varias más cortas, un prefacio abiertamente coloquial e incluso quizás, por así decirlo, confidencial que represente, en cierto modo, la historia de la obra o del grupo de obras, que represente más en particular, tal vez, una charla analítica franca acerca de su asunto, su origen, su lugar en el conjunto de la cadena artística, y que expresen, en resumen, cualquier cosa de interés que pueda decirse”. El escritor a quien se había acusado repetidamente a lo largo de su carrera de mostrarse distante con sus lectores se comprometía a revelarles, de forma clara y sin reservas, los entresijos de su arte, los secretos de sus obras: cómo las gestó, sus significados y su valor. Les abriría la puerta de su cuarto de trabajo para que curioseasen libremente y respondería a todas las preguntas que siempre le habían querido hacer.

Y es verdad que les franquea la entrada pero bajo unas condiciones que, hay que decir también, no son las prometidas, a menos que él entendiese las palabras “coloquial” o “confidencial” de una forma distinta de la acostumbrada. Dice Colm Tóibín, en su preámbulo a la más reciente reedición de los prefacios, que estos pueden ser descritos como “una autobiografía secreta, un retrato de la vida real que James vivió, la vida sentado a su escritorio, la vida de alguien que observaba, soñaba y moldeaba”.7 Ofrecen, a los lectores, como señala el propio James en el prefacio a Los embajadores, la ocasión única de observar la tarea “sedentaria” de la composición creativa. Pero este acceso a su vida de creador es mucho más exigente y menos transparente de lo anunciado. En primer término, por su expresión, a menudo enrevesada y vaga. Los prefacios, como creaciones tardías que son, están escritos en el estilo que caracteriza las obras de su último periodo, es decir, en un estilo que, tal como han corroborado unánimemente sus estudiosos, tiende a ser indirecto y opaco. Tal vez la culpa la tuviera en parte, como opinan algunos, el reumatismo que le afectó, a partir de 1897, la muñeca derecha y le obligó desde entonces a dictar sus escritos, incluidos los prefacios. Pero el hecho cierto es que adopta un lenguaje poco claro y trabado con largas e intrincadas oraciones que dificultan la comprensión y crean una sensación de imprecisión y oblicuidad.

(de la Introducción de Félix Rodríguez a la presente edición)

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