Oscar Wilde / La decadencia de la mentira

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Oscar Wilde • La decadencia de la mentira • The decay of lying (1899)

Introducción, traducción y notas dLuis Martínez Victorio
152 p.
Ed. bilingüe, Madrid 2002
17,00 euros
ISBN 978-84-932381-2-4

El presente volumen ofrece al lector una edición bilingüe del ensayo de Oscar Wilde “La decadencia de la mentira”. En este texto, el talante antivictoriano de Wilde produce uno de sus hitos. Frente al culto desmedido a la verdad de los victorianos, el autor reivindica la mentira en términos nietzscheanos y posmodernos, la mentira que se identifica con los relatos urdidos por la humanidad desde tiempos inmemoriales para articular la experiencia en comunidad. La mentira es un arte, y el arte, sólo la versión más sofisticada de la mentira. Además el arte realmente valioso exhibe su hegemonía sobre la vida y la naturaleza, sus imperfectas imitadoras.

LECTURA

De la introducción
WILDE Y EL MUNDO COMO FÁBULA

(…)

Tras la celebración del reciente centenario de la muerte del autor, en el que la justa rehabilitación personal de Wilde se ha visto, como es habitual en tales eventos, contaminada por la hipocresía oficial y por el elogio fácil y precipitado, quizá el mejor homenaje que se le pueda rendir consista en intentar argumentar los motivos de su indiscutible vigencia. A nuestro juicio, ésta se sustenta en el cariz posmoderno de buena parte de su obra, circunstancia que lógicamente la aproxima a la sensibilidad dominante en nuestros días. Esto a su vez tiene bastante que ver con el espíritu nietzscheano que rezuman muchos de sus escritos, algo que desde Thomas Mann casi todo el mundo reconoce, aunque sin profundizar demasiado en el análisis de la cuestión. Procuraremos al menos esbozar los términos en los que se hace patente la conexión de “La decadencia de la mentira” con una filosofía que, si nos remitimos a sus biógrafos, Wilde no conocía cuando escribió su ensayo. De lo que quizá podría deducirse que lo nietzscheano es en el fondo una sensibilidad propia del Fin de Siglo, que encuentra en el filósofo alemán la voz más atinada y productiva, aunque también llegue a servirse de otras voces. En este caso, la de Oscar Wilde.
Si Wilde pudo ser posmoderno es porque también cabe interpretar el Fin de Siglo como una posmodernidad de la modernidad victoriana, contraviniendo así la idea generalizada de que la primera representa la superación definitiva de la segunda en las últimas décadas del siglo XX, lo que de hecho supone incurrir en una metafísica del progreso muy poco posmoderna. Lyotard concibe por ejemplo lo posmoderno sin ese sentido cronológico, y, en apoyo de este planteamiento, tenemos el escenario socio-económico de las postrimerías del siglo XIX, un escenario que le resultará bastante familiar al lector del siglo XXI:

  A medida que el industrialismo maduraba y se incrementaba la capacidad productiva, fue cobrando importancia tanto en Gran Bretaña como en el Imperio un alto nivel de consumo, dando lugar al correspondiente giro hacia los valores del ocio, la privacidad, la subjetividad y la elección. Aunque siempre presente en la rama malthusiana de la economía política, la escasez se convirtió en el rasgo dominante del entorno del hombre económico sólo cuando la economía pareció desplazarse ostensiblemente desde la escasez a la abundancia. Sólo la múltiple elección del consumidor hizo consciente a la gente de la escasez relativa. En el curso de la discusión sobre “el hombre económico”, inicialmente definido en relación con la producción, se creó una nueva clase de individuo: uno civilizado por su propia tecnología y cuya fase avanzada de desarrollo se caracterizó por lo ilimitado de sus deseos […] Los términos son los términos de la economía del siglo XX –elección racional, subjetivismo, behaviorismo. (Véase “Wilde and the Victorians” de Roland Gagnier, p. 21)

Si a la nueva economía del consumo le añadimos el deseo ilimitado que menciona Gagnier, el resultado inevitable es el consumismo. En principio, el  consumismo se entiende como el consumo de lo tenido por superfluo, pero, puesto que la economía requiere un crecimiento continuo basado en gran parte en el consumo, lo superfluo confirma su condición de elemento imprescindible. Ahora, uno no puede imaginar nada más subversivo que reducir drásticamente el nivel de consumo; en tiempos de Wilde, lo subversivo todavía era el consumo o disfrute inmoderado de todo lo que la modernidad hegeliana había tachado de superfluo en mayor o menor grado, a saber: el cuerpo, la belleza, la fábula y el arte. En el periodo finisecular, cada uno de estos elementos se convirtió en un fin en sí mismo, lo que viene a querer decir que cada uno de ellos pudo ser por sí mismo una fuente de placer, sin tener que servir ya a ninguna causa trascendente, tal y como había sucedido tanto en la cultura del ideal ascético como en la cultura surgida de la Ilustración. El consumo moderado u homeopático de lo superfluo siempre fue imprescindible para afirmar la hegemonía de lo trascendente. En el Fin de Siglo se desbordó ese cauce. El desbordamiento empezó siendo subversivo, pero pronto se reconocería como un constituyente básico del sistema.

Ante este escenario presidido por la entronización de lo superfluo, surgió el decadentismo, un hedonismo esteticista de índole un tanto morbosa. En este caso, lo superfluo habría sido la apuesta de quienes veían en la decadencia sólo una forma de muerte, y eligieron la muerte que más se adecuaba a su sensibilidad antivictoriana. Des Esseintes, el protagonista de la novela A contrapelo de Huysmans, es el paradigma de esta actitud que no deja de encerrar un espíritu de renuncia y de resignación, y, con frecuencia, hasta un descabellado sentimiento de culpa. El esteta neurótico y onanista recluido en su casa y rodeado de objetos bellos, exóticos y siniestros se asemeja demasiado al faraón embalsamado y sepultado entre sus propios tesoros. Sin embargo, el Fin de Siglo no puede identificarse sólo con esa actitud antivitalista:

… no siempre se tiene en cuenta que la Decadencia de los noventa se caracterizó por la innovación y la determinación, y no predominantemente por el sentido de declive, aunque la época misma estaba fascinada por esta versión más convencional de decadencia. En cambio, los artistas del periodo buscaban un resurgimiento desde el declive y la destrucción de su propia sociedad, a sus ojos una sociedad corrupta. (“La Decadencia de los noventa” Pittock, Spectrum of Decadence (p. 8).

 

 

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