Edgar Allan Poe/La filosofía de la composición y El principio poético

Arte/Poética

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Edgar Allan Poe La filosofía de la composición (1846) y El principio poético (1850)

Traducción y edición crítica de José Luis Palomares
Colección Bb Arte/Poética. Ed. bilingüe, feb. 2002, 164 p. 

La maestría y la brillantez de Poe como crítico ha permanecido eclipsada por el excepcional éxito de sus Narraciones contemporáneas. Rara vez nos es dado, como en La Filosofía de la composición, asistir al proceso de creación de un poema paso a paso. El autor norteamericano demonta pieza por pieza el mecanismo de relojería de su poema “The Raven” adelantándose en un siglo, como señala Northrop Frye, a la crítica actual. El presente volumen incluye además El principio poético, otra obra crítica imprescindible de este autor. Dado que solo el texto original nos permite escuchar realmente la voz del autor –saber exactamente lo que dijo y cómo lo dijo–, nuestra edición es bilingüe.

Incluye el poema “El Cuervo”

“Según Philip Van Doren, uno de los críticos americanos más prestigiosos del siglo XX, es posible en cierta medida señalar a Poe de charlatán, plagiarista, mentiroso patológico, hijo pedigüeño y quejica, egomaníaco, presuntuoso y bebedor irresponsable; pero aún así, logró lo que pocos escritores americanos hasta entonces siquiera habían osado intentar; logró destapar ese pozo sin fondo que es el inconsciente de la mente humana, dejando en libertad imágenes terribles y sueños pavorosos nunca antes encarnados en el dominio de la palabra escrita. Menospreciado en vida y escasamente valorado por algunos de los mejores escritores anglonorteamericanos –para Eliot es un eterno adolescente, y para Henry James, nada más que un primitivo– inaugura pese a todo la tradición del poeta maldito en las letras americanas, lo que sin duda alguna le convierte en el precursor de un vasto linaje al que se irán sumando nombres de la talla de Hart Crane, Cummings, Carlos Williams y Allen Ginsberg, entre otros.”

Y es que debe insistirse en el hecho de que Poe se tenía a sí mismo, antes que nada, por un poeta, y que por tanto como tal ha de juzgársele, a pesar de que su verso ocupe un segundo plano dentro de su obra, pues que le hicieron sombra, primeramente, su propia genialidad como narrador, y en segundo término el gigantismo poético de un Whitman, o también de Emily Dickinson, figuras prácticamente coetáneas. En Poe, la poesía es una pasión, como lo prueba el hecho de que el grueso de su producción estuviese ya compuesta cuando contaba sólo veintidós años. Exceptuando unos cuantos poemas desperdigados entre sus relatos, lo cierto es que no volvería a ejercer como poeta hasta los cuatro últimos años de su vida, cuando el éxito obtenido tras la publicación de “El cuervo” (1845), se vio acompañado por la composición de obras maestras tales como Ulalume, Para Annie, Annabel Lee, y Las Campanas. Nos hallamos, pues, ante una musa precoz, por lo que en su caso la asociación con Keats se hace inevitable; y no solamente por esta coincidencia sino a tenor también de otra mucho menos halagüeña: igual que el poeta inglés, Poe se veía de continuo asaltado por la oscura intuición de una muerte prematura. Su nutrida correspondencia así lo atestigua; en ella resultan habituales las quejas por la mala salud y la debilidad física, lo que ha llevado a algunos estudiosos a entrever síntomas que podían estar relacionados con la diabetes, lo que explicaría, de paso, un factor tantas veces comentado como los efectos devastadores que la menor injerencia de alcohol producía en su ya maltrecho organismo. Hay plena evidencia de que con el paso de los años perdía peso, llegando a ofrecer un aspecto demacrado hacia el final de su vida. También se sabe que sufría de dolores de cabeza, posiblemente relacionados con la vista, y de espasmos musculares, complicaciones estomacales y periodos de inconsciencia; sus estados de depresión y memoria vacilante son bien conocidos, así como sus complicados embustes, todo lo cual arroja un cuadro clínico que coincide bastante con el llamado síndrome de Korsakow, unido a ciertos cambios de personalidad que con el tiempo se hicieron patentes. Hay que resaltar, además, que la diabetes fue una enfermedad incurable hasta 1921, en que logró aislarse la insulina.

(José Luis Palomares, del prólogo al libro)
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